Las niñas de Kardelen, por Tino Soriano
En una casa pintada de verde habita la familia Coskunaras. La niña que busco tiene diez años y se llama Damla. La he conocido poco antes, en la escuela. A su padre, Yunus, le faltan dos años para cumplir noventa y, su madre, Hasi, es cincuenta y cuatro años más joven que su marido. Damla me presenta a sus hermanos: Mura, que nació poco después que ella, e Isa, a quien su padre concibió pasados los ochenta.
Hasi, la madre, lleva el peso de la familia. Conduce un tractor que ha conseguido sobrevivir cuatro décadas, cuida unas cabezas de ganado y, sobretodo, dos vacas que, cuando las venda, le servirán para obtener unos ahorros con los que afrontar el gasto de los niños. Ella espera conseguir mil euros por cada animal. Damla, cuando sea mayor, quiere ser médico. “Exactamente, neurocirujano”, especifica.
Seher Karaca, de 36 años, me observa perpleja cuando su hija Sibel me presenta y me pide que me descalce para entrar en su casa. Ufuk, el hermano menor, apenas dice nada. Sólo tiene tres años menos que Sibel, pero la espléndida presencia de su hermana eclipsa a cualquiera que se le acerque.












