Hijos de Ararat, por Marco Ansaloni
La vista del bíblico monte Ararat con el monasterio de Khor Virap en primer plano es la imagen que cada armenio lleva en su cartera o llena alguna pared de su casa. Aunque se encuentre en territorio turco, la imagen del monte sagrado es el símbolo nostálgico de un imperio que fue poderoso y que la Historia rompió a pedazos.
Durante los siglos los armenios han afinado su inteligencia y capacidad para el comercio para estar presentes en las elites de la cultura europea. La fuerte cohesión que ha proporcionado la religión (armenia fue el primer país en adoptar el cristianismo en el 301 d.C.) y un idioma común (creado por el monje Mesrob Masthots en el V siglo) crea una fuerza nueva para las nuevas generaciones.
Las migraciones de armenios hacia nuevas tierras no es una novedad. Durante la Historia y sobretodo en la edad media muchos armenios encontraron refugio en países de acogida, huyendo de persecuciones o simplemente buscando nuevas vías comerciales. La comunidad veneciana tuvo siempre un barrio armenio en sus calles.
La comunidad religiosa monástica que aun persiste hoy nació a principios del siglo XVIII, cuando los Dogi de la ciudad lagunar regalaron al abad Mechitar una pequeña isla que antes se utilizaba como lazzareto para la cura de los enfermos. Desde entonces la sabiduría y la dedicación de los monjes hacia la cultura de su pueblo y del arte en general supieron crear una brecha dentro del mundo intelectual.
En Venecia se publicó el primer libro en idioma armenio por ejemplo, el libro del ‘Viernes’ en 1512. Todavía hoy la pequeña comunidad de San Lazarus es un foco para los millones de armenios que viven en la diáspora y dentro la República. Una meta de peregrinaje para los que buscan sus raíces y sentirse como en casa.









